10 ene. 2012

CUIDADOS Elena Moreno Fernández

(Relato seleccionado en el I Certamen Literario del Ateneo Libertario Genaro Seguido)

-¡Madre! ¡Llévame contigo! ¡No me dejes aquí!

Este grito me despertó, como muchos otros días. Aturdida, me levanto de la cama; encajo esas pantuflas viejas que me regaló mi madre, que ella misma confeccionó con retales de telas viejas y suelas recicladas de las anteriores. ¡Qué mañosa que era!

Me acerco a la cama. Todavía sigue chillando.

- Tranquila, ya estoy aquí.

Me mira como despistada. Con la mirada perdida. Debe estar todavía medio dormida.

Las legañas no me dejan ver bien, veo la cara de Anita borrosa. Me suele pasar muchas veces.

Mi madre decía que las legañas te dicen si habías tenido un buen sueño o no. Cuantas más tienes, más bonito había sido.

Yo, la verdad, no suelo recordar nada, pero si me levantó un día así, me alegro que mis noches hayan sido mejores de lo que son mis días.

- Vaya, te has vuelto a hacer pipí. Bueno. Tranquila, mi vida; no pasa nada. Te daré un buen baño y te sentirás mucho mejor.

Paso la esponja por su blanca tez mientras ella chapotea en el agua.

Cuando yo era pequeña y nos bañábamos todas juntas. Mamá llenaba la bañera y nos metíamos a jugar hasta que las manos se nos arrugaban:

- ¡Eres una vieja! ¡Eres una vieja! – decía mi hermana.

- No, yo no soy una vieja– decía yo-. No voy a ser vieja. No me digáis eso.

Mis mejores momentos los recuerdo de niña. La novela después de la comida, reunía a todas las mujeres del patio, desde mayores a las pequeñas.

Cómo nos gustaba Julio Carlos, qué galán. Qué mala suerte tuvo con su novia, que se quedó embarazada de otro. Así que él tuvo que casarse con la hija del terrateniente vecino.

Al final, triunfaba el amor. Julio Carlos, era tan bueno, que perdonó a Melinda.

- ¡Qué bonito! ¡Eso si es amor!- decíamos todas.

- Sí, cuanto la quiere. – decía yo.

El final de todas las novelas era siempre igual. Al final el amor triunfa. La protagonista se termina casando con su príncipe azul. Tienen una casa enorme con muchos sirvientes que la cuidan mucho. El amor nunca acaba y se quieren eternamente.

Yo quería una vida como la de aquellas mujeres de la tele.

Como nos cuentan de niñas, un día encontré el hombre de mi vida (como si lo necesitáramos para poder respirar). Vecino de siempre, buen trabajador, buena persona. Continúa lo de siempre, los papeles que me dicen que tengo que tengo que cuidarlo y respetarlo hasta el fin de mis días.

- ¡Buena mujer te has echado, Carlos Julio! ¡Cómo te lleva de limpio! ¡Y qué bien cocina!

- Es lo suyo, por eso la quise para mí.

Trabajaba de ayudante de un dentista; me costó acostumbrarme al sarro y al olor del hueso raspado, pero aprendí mucho y me gustaba. El médico me enseño a distinguir corona y raíz, entre esmalte y dentina, entre proteccionismo e independencia. Promovía mi destreza, ayudaba al aumento de mis conocimientos sin esa suficiencia del que se cree que lo sabe todo.

Al adquirir mi condición de mujer casada, todo cambió. Lo que antes era motivo de orgullo para mi novio, era una carga para mi marido. No le gustaba que pasara tanto tiempo en el trabajo (pues mi jornada era larga). Tras muchas discusiones llegamos al acuerdo de que yo dejara el trabajo.

- Es lo mejor para tu matrimonio. - decía mi madre.

- Es lo que tiene que hacer una buena esposa.- decía mi prima.

- Es lo que tiene que hacer una buena mujer.- decían los amigos de mi marido.

- Es lo que tienes que hacer por mí.- decía mi marido.

De ahí a los embarazos, al cuidado de la casa, al cuidado del marido, al cuidado de la suegra, al cuidado de los niños...

Por supuesto, estas labores no me excluían de realizar otros trabajos. Mi marido, agricultor, no pasaba por una buena racha. Plagas y sequías dieron al traste con varias cosechas. Hasta que llegó Don Santo.

Nos regalaron semillas muy buenas; resistían a ciertas plagas y con ellas logramos buenos resultados. Durante unos años nos surtían de las semillas o nos las ponían a buen precio.

Varios años después, el coste subió; ya no nos la regalaban y no podíamos sacarlas nosotros; nos amenazaron con una denuncia si usábamos algo que les pertenecía, o sea, ese tipo de semillas.

- Un hombre sin trabajo, no es un hombre. – decía mi madre. -No es bueno que esté parado.

Viendo que la situación no cambiaba, llegamos al acuerdo de buscar trabajo en otro sitio. Mis empeños por volver a mi antigua profesión no gustaron a Carlos Julio.

- No volverás con ese hombre. No me gustaba como te miraba. – decía.

El trabajo lo encontró lejos. Dejamos la familia, los niños y partimos buscando oportunidades, sobre todo para él.

El agua empieza a enfriarse y Anita no quiere salir.

- Vamos, salgamos del baño que tus manos se están agrietando.

- ¡Oh, no! Déjame un poco más.

Envuelta en una toalla, la seco despacio. Su piel es fina y deja ver sus débiles venas azuladas. Cojo el cepillo y lo paso por su pelo. Cada vez que baja, unos cuantos se quedan enganchados.

- A este paso, Anita, te vamos a tener que comprar una peluca.

- Pues vale, me gustan. Pero una de color naranja. Me gustaría ser pelirroja.

- Vale. ¿Pero larga o corta?

- Me gusta el pelo largo, para poder hacerme trenzas. – me dice tocándose el pelo.

- ¡Como Pipi Calzaslargas, eh!

- Sí, jajaja... que niña tan simpática. Hacía lo que quería. Yo nunca puedo hacer lo que quiero.

- Porque no siempre podemos hacer lo que queremos.

Tras un paseo en el parque, y los malos ratos de la comida (no le gusta nada de lo que le cocino), nos sentamos a ver la novela.

Es curioso, pero por mucho que pase el tiempo, siempre hay un galán en ellas, aunque ahora tienen coches de lujo en vez de veloces caballos.

- ¡Qué buena es esa mujer! ¡Y qué guapa! – dice Anita.

Nuestra vida aquí no empezó nada mal para mi marido. Con mucha suerte, encontró trabajo en la construcción. Llegó a ser capataz por el gran esfuerzo que ponía y las muchas horas que realizaba.

Sin tener título, no pude encontrar ningún dentista que me quisiera. Mi edad, mi origen, se añadieron a los inconvenientes.

- Tú sabes hacer otras cosas.- decía mi madre.- Ya sabes que yo te eduqué en muchas labores y las has realizado muy bien.

- Busca de cocinera, que tú lo haces muy bien. También puedes coser, limpiar, cuidar... - decía mi marido.

Adiós a mis sueños de niña. Adiós a ese mundo de telenovela que veía de niña. Adiós a todos los cuentos que me contaban de pequeña.

La historia no cambia. Se repite en distintos sitios, época o personas. La mía es similar a la de muchas mujeres pasadas y futuras.

El sol cae y es hora de irse a la cama. Como siempre, Anita, no quiere irse.

- No quiero acostarme.

- Pero ya es la hora, siempre igual, que paciencia.

Espero que hoy duerma mejor. Lleva unas noches que no me deja dormir. Su alzhéimer avanza deprisa. Este trabajo es agotador, estoy cansada...

- Doña Anita, que descanse.- le susurro al oído.

- Gracias, hija. Tú sí que me sabes cuidar.

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